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Morir de amor no es una opción. “Amor romántico”, relaciones tóxicas y autoestima

Morir de amor no es una opción. “Amor romántico”, relaciones tóxicas y autoestima | Gabinete Psicológico en Madrid

14 Feb Morir de amor no es una opción. “Amor romántico”, relaciones tóxicas y autoestima

Amor romántico, relaciones tóxicas y autoestima

Últimamente, quien más quien menos, hemos escuchado en medios de comunicación, redes sociales o conversaciones cotidianas, hablar del “mito del amor romántico”. Lo cual es una señal positiva de que cada vez estamos todos mucho más preocupados que antaño por la salud de nuestras relaciones afectivas. Y por nuestro bienestar psicológico.

La toxicidad encerrada en determinadas relaciones afectivo-sexuales (hablemos, o no, de parejas monógamas estables), camuflada como “amor loco”, “pasión incondicional” u otra serie de calificativos exagerados, requiere un análisis certero. Para descifrar qué está realmente pasando cuando dos personas se sumergen en una relación destructiva. Bien mutuamente, bien uno de ellos sufriendo condiciones abusivas, violencia de género o cualquier otra forma de maltrato.

Este artículo surge bajo la finalidad de analizar nuestro lenguaje. Y de ponerle freno a las relaciones abusivas en las que el sufrimiento tiene un protagonismo incomprensible desde cualquier perspectiva. Morir de amor jamás es una opción.

¿Qué es el mito del “amor romántico”?

En primer lugar, es importante que aclaremos a qué nos referimos con “mito”. Los mitos son creencias; simplificaciones de la realidad que nos rodea. Relatos que intentan explicar de la forma más sencilla posible ciertas estructuras sociales. Y pueden llegar a afectar profundamente nuestro comportamiento y la forma de relacionarnos con nuestro entorno.

Lo que denominamos “amor romántico” hace referencia a un tipo de relaciones afectivas de carácter monógamo (entre dos personas), históricamente atribuidas como funcionales, “normales” y deseables. Y que, además, están forjadas a fuego para resistir cualquier tipo de adversidad. Deben durar “para siempre”. Y todo lo que se salga de esa ecuación, es mirado con mucho recelo…

El mito del amor romántico concibe el enamoramiento, por ejemplo, como algo muy rápido e instantáneo. Sencillo e incontrolable. De hecho, se ha fomentado desde cualquier manifestación de la cultura popular (series de televisión, cine, novelas, revistas…) la idea de que esa fogosidad; ese enamoramiento es aún más mágico si se produce “a primera vista”. Fuera de cualquier tipo de raciocinio y siempre hostigado por fuerzas vehementes más allá de toda lógica: “¿Quién no ha hecho alguna locura por amor?”

Pero, más allá de cualquier atracción más o menos intensa, el amor es algo que debe fraguarse con determinados pilares muy bien asentados. Y conceptos muy claros y trabajados en las cabezas de sus participantes. Amar significa cuidar: pero esta generosa entrega no puede implicar jamás dejar de cuidar de nosotros mismos ni de nuestras propias vidas.

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Una relación más tóxica no es una relación más pasional

Los celos han sido elevados en numerosas ocasiones a la categoría de condición sin la cual no puede darse el “amor verdadero”. En demasiadas ocasiones hemos escuchado (y por desgracia aún lo seguimos escuchando) aquello de “si no siente celos, es que no te quiere de verdad”. O algo parecido a “¿cómo puedes aguantar que hable con ella? ¿no te pones celosa?”.

Los celos son una manifestación del miedo que sentimos ante la posibilidad de perder algo que consideramos “nos pertenece”. Y he aquí la clave: ningún ser humano nos pertenece. Ni ninguno de nosotros somos la preciada y codiciada posesión de nadie. Los límites de lo que se establece en el (llamémoslo así) contrato que firman dos personas que deciden vivir sus vidas en pareja, es algo que ellas deben decidir con total libertad.

La fidelidad que decide establecerse entre dos personas puede variar enormemente en función de cada pareja. No hay una definición innegable e imbatible de lo que debe o no implicar la fidelidad entre dos seres humanos.

Establecer un vínculo indisoluble entre el amor y las actitudes controladoras o los celos imposibilita que tomemos las medidas necesarias para terminar con una relación cargada de violencia o respuestas agresivas. Y que seamos capaces de pedir ayuda cuando sea necesario.

Los celos matan. Es una de las frases más duras y realistas que podemos decir al respecto. Y resume a la perfección en qué pueden derivar las relaciones que ya, desde su más tierno origen, se basan en una obsesión constante por controlar a uno de los miembros de la pareja.

La violencia de género y los malos tratos en el seno de relaciones afectivas (sean estas del tipo que sean) requieren de un análisis muy específico. Es un problema demasiado complicado y preocupante para tratarlo levemente en estos momentos. Pero lo que está claro, es que los “celos” son uno de los protagonistas de esta absoluta lacra social. Educar en el lenguaje de los celos a las generaciones venideras es una de las peores herencias que podemos otorgarles.

Todos y todas somos naranjas enteras: la dañina creencia de la “media naranja”

Cualquier tipo de relación afectiva, sea o no duradera en el tiempo, debe conducirnos a un crecimiento personal. Resumiendo mucho en un lenguaje que todos entendamos: el amor suma, nunca resta.

Esa noción de que todos estamos incompletos hasta que llegue el príncipe o la princesa azul que completará nuestro puzzle existencial, es algo tremendamente tóxico. Y, sin duda, muy perjudicial para la construcción de una autoestima saludable.

Una persona puede sentirse absolutamente realizada sin la necesidad de estar en una relación de pareja. Esto es muy importante que lo tengamos en cuenta, puesto que nos ahorraremos numerosas frustraciones y ansiedades. Entender que somos capaces de florecer como seres humanos, en plenitud, sin esperar a que llegue alguien a darle el sentido final a nuestras vidas es mucho más beneficioso de lo que imaginamos. También si tomamos la decisión de que sí queremos tener una vida en pareja.

Trabajar la autoestima, los autocuidados, el amor propio… Todo este tipo de pilares que en terapia trabajamos con gran ahínco nos ayudarán a tomar las mejores decisiones en todos los ámbitos de nuestra vida. Entender que somos valiosos y que merecemos respeto, amor, afecto es algo vital para cualquier aspecto de nuestra existencia. Y, por consiguiente, también en todo lo relativo a las relaciones sentimentales.

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El amor tiene límites: nuestra integridad

¿Deberíamos dejar de usar frases como “el amor lo puede todo” o “el amor es incondicional”? Desde luego que sí. Especialmente si no medimos la envergadura de lo que realmente estamos diciendo, y lo tomamos de forma absolutamente literal.

Porque el amor sí tiene condiciones. Y la principal es la integridad y la plenitud de nuestras vidas. El amor por sí solo no es suficiente, aunque pueda parecer sorprendente tal afirmación, para mantener a flote y disfrutar de una relación de pareja. Otra serie de factores relativos a los cuidados, el respeto, el crecimiento personal, la diversión, la satisfacción… son fundamentales para que tales vínculos se mantengan.

Y, por supuesto, el amor no tiene por qué ser para siempre. Que una relación no dure toda la vida jamás debe interpretarse como un fracaso. Hace unas cuantas décadas (no tantas como pensamos…) el divorcio ni siquiera era una opción legalmente admitida. Retroceder a ese tipo de conceptos no es, ni mucho menos, lo deseable…

Las emociones existen para acompañarnos en nuestro camino en la vivencia de una existencia plena. Las torturas sentimentales no nos harán estar más o menos enamorados. Una relación trufada de drama, angustia y ansiedad, con destellos de pasión, no es el ideal de lo que debemos tener en nuestras vidas.

De hecho, no tenemos por qué aspirar a conseguir una relación de pareja. Ni perseguir el amor como condición indispensable para ser felices.

En MensActiva somos especialistas en psicología cognitivo-conductual y en terapia de pareja. El amor no implica sufrimiento. El amor puede hacernos, todavía, más felices. Y acompañarnos en nuestro camino.

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