Qué es un adolescente: identidad y búsqueda de independencia

10/10/2025 por Psicología MensActiva S.L.

Se conoce como adolescencia a la etapa de transición entre la niñez y la etapa adulta, definida por multitud de cambios biológicos y psicológicos. El reto referente a los cambios físicos consiste en instalarse en un cuerpo distinto, con también una manera de pensar diferente: disponemos de nuevos recursos para pensar y desarrollamos nuevos intereses.

Además, nos enfrentamos al desarrollo de nuestra identidad: experimentamos cambios que tienen que ver con el “yo” y nos vemos forzados a reconstruirnos para saber quiénes somos y quiénes queremos ser.

Por último, se dan cambios en nuestra realidad social, nos vemos obligados a desenvolvernos en nuevos escenarios sociales, bien el instituto, las primeras salidas con los amigos, un deporte novedoso…

Todo esto se resume en una nueva organización psicológica y social ante la que debemos adaptarnos, tanto a sus aspectos más cuantitativos (por ejemplo, un cambio en nuestra estatura) como a los más cualitativos (por ejemplo: la guerra y la paz, o lo que hay después de la muerte, son temas que empiezan a interesarnos).

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¿Cuándo se deja de ser adolescente?

Determinar el inicio de la adolescencia es relativamente sencillo, ya que podemos escoger un criterio más o menos observable y más o menos cuantificable: la pubertad.

Este criterio biológico se puede concretar, por ejemplo, con la menarquia (primera menstruación) en el caso de las personas con útero. Sin embargo, incluso estos indicios más obvios pueden no darse en el mismo momento para todo el mundo, aun si se habla del mismo sexo. El inicio está definido por la pubertad y, por lo tanto, es diferente para cada persona, aunque podemos hablar de tendencia (10-19 años según la OMS).

Por el contrario, el fin de la adolescencia no es tan palpable; ya que está definido por la emancipación o autonomía: un criterio social. La salida de la adolescencia y la irremediable entrada al mundo adulto se da cuando se cumplen ciertos requisitos: el logro de la independencia económica, la autoadministración de los recursos, la autonomía personal y la formación de un hogar propio. Estas fronteras con la etapa adulta son movedizas: están ligadas a diferentes factores como el género, la edad, el contexto sociocultural…; y el contexto histórico y político si las autoridades políticas y públicas consideran importante la autonomía personal dedicarán más recursos a que los jóvenes puedan optar a oportunidades que potencien este rasgo.

Siendo estos los límites de la adolescencia, existe una tendencia a la ampliación de este periodo: los jóvenes tardan más en conseguir esa emancipación, pero eso no quiere decir que desistan.

Así, en gran parte la adolescencia es la continua búsqueda de esa autonomía, de esa independencia.

La búsqueda de independencia en la adolescencia

La autonomía del adolescente parte de la toma de conciencia de sí mismo como persona distinta de sus padres y de su entorno, que presenta una manera personal de pensar, sentir y actuar.

Es en esta distinción que diversos estudios han constatado que suelen aumentar las discusiones entre padres e hijos.

A veces podemos creer que este aumento de discusiones refleja una crisis de autoridad del adulto; pero esto no es así. Pese a las discusiones, las relaciones entre la familia y los adolescentes pueden ser satisfactorias e íntimas. Nuestro objetivo no debería ser, por tanto, la eliminación de estas disputas (que, lejos de ser un impedimento, ayudan a los adolescentes a tramar su camino hacia la adultez) siempre que la relación con el adolescente sea confiada.

¿Cuál debe ser entonces nuestro objetivo? Resolver positivamente el conflicto, lo que puede favorecer el autocontrol del adolescente y prevenir problemas de falta de disciplina. Para ello, debemos entender que el origen de estos conflictos reside en un desajuste de expectativas entre la familia y el adolescente. Normalmente, la familia tiende a percibir a los adolescentes menos capaces de lo que realmente pueden ser (una resistencia a considerarlos mayores), y estos a su vez manifiestan querer decidir a edades más tempranas que los adultos.

Desde este planteamiento, la resolución vendría dada por el acercamiento de expectativas de ambas partes; y la discrepancia conformaría una oportunidad de conocimiento mutuo. Este acercamiento de expectativas es determinado por la calidad de la comunicación: si entre los adultos y el adolescente existe una buena comunicación, este será capaz de conservar su autoestima y definir su autonomía, cuidando a su vez las relaciones estables con la familia.

La coherencia entre los adultos también nos ayuda a resolver estas discusiones de manera exitosa.

Si, sumado a todo esto, los adolescentes asumen las consecuencias de sus decisiones, es cuando podemos hablar de responsabilidad; y es esta responsabilidad la que subyace a una convivencia sostenible. Una convivencia, recordemos, no exenta de conflicto; ya que es este conflicto el motor madurativo de la identidad y autonomía adolescente.

Ante esta situación encontramos una posible postura: la normalización del conflicto. Esperar que el conflicto ocurra porque sabemos que forma parte del desarrollo. Esto nos permite, por un lado, no decepcionarnos cada vez que discutimos en familia; y por otro, no personalizar estas discusiones como ataques.

¿Cuándo pedir ayuda para un adolescente?

Si esta discrepancia conforma un aspecto normal de la adolescencia, la ausencia o exceso de discusiones serán señales que nos pueden estar avisando de posibles aspectos a mejorar. A lo mejor no hemos sabido establecer un canal de diálogo familiar en el que se pueda expresar desacuerdo, o a lo mejor no se están tratando los demás que verdaderamente preocupan o interesan al adolescente.

En cualquier caso, la comunicación es uno de los múltiples aspectos que se pueden trabajar en la práctica clínica; por lo que si el problema nos desborda podremos acudir a un profesional de la psicología.

Este artículo ha sido redactado por Alba Benito durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.

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