En el ámbito clínico es habitual que las personas que han atravesado experiencias traumáticas describan sensaciones difíciles de expresar con palabras. Frases como “no sentía nada”, “era como si estuviera viendo todo desde fuera” o “no recuerdo bien lo que pasó” aparecen con frecuencia en consulta.
Estos relatos no son simples confusiones ni exageraciones, sino manifestaciones de un fenómeno psicológico complejo y profundamente humano: la disociación. Comprender qué es disociar permite dar sentido a estas experiencias y abordarlas desde una mirada más compasiva.
La disociación es, en esencia, una forma que tiene el cerebro de protegernos cuando lo vivido sobrepasa nuestra capacidad para procesarlo.
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¿Qué entendemos por trauma?
Cuando hablamos de trauma, nos referimos a experiencias que suponen una amenaza intensa para la integridad física o emocional de una persona y que no pueden ser procesadas adecuadamente en el momento en que ocurren.
Este tipo de vivencias activan de forma automática las respuestas de supervivencia del organismo, como la lucha o la huida. Sin embargo, cuando estas respuestas no son posibles —por ejemplo, en situaciones de abuso, violencia o catástrofes en las que no se puede escapar ni defenderse— el cuerpo y la mente recurren a estrategias más profundas para garantizar la supervivencia. Una de ellas es la disociación.
¿Qué es disociar?
Disociar significa desconectarse parcial o totalmente de uno mismo o del entorno. Esta desconexión puede afectar a la memoria, la identidad, las emociones, la percepción del entorno o la consciencia corporal.
Una persona que disocia puede experimentar:
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Dificultad para recordar lo ocurrido.
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Sensación de no estar dentro de su propio cuerpo.
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Vivir la realidad como lejana, irreal o distorsionada.
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Sentirse emocionalmente “apagada” o desconectada.
En muchos casos, la disociación aparece de forma súbita e involuntaria ante una amenaza abrumadora, funcionando como un escudo que amortigua el impacto emocional del trauma.
La disociación como respuesta neurobiológica de supervivencia
Desde una perspectiva neurobiológica, la disociación está asociada a un estado de hipoactivación del sistema nervioso. Mientras que las respuestas de lucha o huida implican una activación intensa del organismo, la disociación surge en una situación de colapso: el cuerpo se apaga parcialmente para evitar sentir el daño.
Este tipo de respuesta puede observarse también en la naturaleza, por ejemplo, en animales que se “hacen los muertos” ante un depredador. En los seres humanos, esta estrategia se manifiesta a través de la desconexión psicológica: la mente se retira del momento presente como forma de protección.
El investigador Howe diferencia entre congelamiento y disociación. En el congelamiento, la atención permanece elevada y existe una hipervigilancia extrema. En la disociación, en cambio, hay aturdimiento, confusión y una sensación clara de no estar ahí. Se trata de un nivel más profundo de desconexión frente a lo insoportable.
Síntomas disociativos y trauma psicológico
Aunque la disociación cumple una función adaptativa, cuando se mantiene en el tiempo puede generar malestar y dificultades en la vida cotidiana. En personas que han sufrido traumas, especialmente durante la infancia, esta desconexión puede convertirse en una estrategia habitual para afrontar el estrés.
Los síntomas disociativos están recogidos en manuales diagnósticos como el DSM-5. Por ejemplo, el Trastorno de Estrés Postraumático puede especificarse con síntomas de despersonalización o desrealización. También puede aparecer la amnesia disociativa, que implica la dificultad para recordar aspectos importantes del evento traumático sin que exista una causa médica que lo explique.
Qué ocurre en el cerebro cuando se disocia
Las investigaciones en neurociencia del trauma han permitido comprender mejor cómo el cerebro procesa las experiencias traumáticas. Durante la disociación, áreas implicadas en la regulación emocional y el pensamiento reflexivo, como la corteza prefrontal medial, disminuyen su actividad. Al mismo tiempo, estructuras más primitivas, como la amígdala o el tronco encefálico, toman el control.
Este funcionamiento explica por qué los recuerdos traumáticos pueden aparecer fragmentados, como imágenes sueltas, sensaciones corporales o emociones intensas sin un contexto narrativo claro. El cerebro prioriza la supervivencia frente a la integración de la experiencia.
¿Es la disociación una estrategia adecuada para afrontar el trauma?
Comprender qué es disociar implica reconocer que no se trata de un fallo, sino de una respuesta de supervivencia. En su momento, la disociación permitió seguir adelante cuando no había otra alternativa posible.
En terapia, el trabajo con personas que disocian no consiste en forzar el recuerdo ni en eliminar el mecanismo de forma abrupta. El objetivo es crear primero un entorno de seguridad y confianza, desde el cual la persona pueda ir reconectándose con su cuerpo y con el presente de manera gradual.
La finalidad no es suprimir la disociación, sino integrarla, reconocer su función protectora y ayudar al sistema nervioso a desarrollar nuevas formas de autorregulación más adaptativas.
Cuándo buscar ayuda profesional ante la disociación
Si has vivido un evento altamente estresante y sientes que estás desconectada o desconectado de ti mismo, de tus emociones o de tu entorno, el acompañamiento psicológico especializado en trauma puede ayudarte a comprender lo que te ocurre y a recuperar un mayor equilibrio emocional.
Trabajar estos procesos desde la seguridad y el respeto por los tiempos del cuerpo es clave para sanar las heridas emocionales que aún generan malestar y obligan a protegerse. ¿Hablamos?
Este artículo ha sido redactado por Paula Casanova durante la realización de las prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
