Los límites, a lo largo del tiempo, se han interpretado de maneras muy distintas, de hecho, seguramente, cada uno de los lectores de este artículo los entienda de alguna manera. En cuanto a la educación de nuestros hijos existen infinitas corrientes con infinitas opiniones a este respecto: algunas defienden la imposición de los límites de forma inflexible y otros, en cambio, abogan por una crianza en libertad y sin restricciones. Al final, como en casi todo, el punto medio es la mejor elección. En este artículo exploramos la importancia de los límites en la crianza.
¿A qué nos referimos con los límites?
Los límites deben entenderse no sólo como directrices que hay que seguir o líneas que no se pueden traspasar, se deben entender como una guía de comportamiento que ayuda a los menores (a largo plazo) a desarrollar autocontrol, autodisciplina, regulación emocional, capacidad de planificación, autonomía y responsabilidad, tolerancia a la frustración, entre otros.
Si unimos los límites con la afectividad (el amor de los padres) son la mejor herramienta para educar y enseñar a los menores, ya que estos tienen la función de protegerlos. Los límites crean un espacio de seguridad y de protección en el que se pueden manejar. Tanto es así que, en la medida que van entrando en la adolescencia, esa etapa en la que su principal misión es diferenciarse de sus padres e ir construyendo su identidad, jugarán con esos límites, poniéndolos a prueba, pero siempre volverán a ellos para sentir seguridad.
Cuando se educa a un niño o adolescente sin límites se le enseña, de manera errónea, que el mundo tampoco los tiene y que siempre va a tener la libertad de hacer lo que quiera. Esto no es así, el mundo, la sociedad, está llena de reglas y límites que hay que respetar y, saber adaptarse a ellos es fundamental para llevar una vida lo más funcional posible. Además, a lo largo de su desarrollo, son ellos mismos los que deben aprender a establecerlos con respecto a los demás, con el objetivo de establecer relaciones sociales sanas y funcionales.
¿Cuál es la mejor forma de poner límites?
Claves para establecer límites
Las claves para establecer estos límites son las siguientes:
- Poner los límites con una actitud relajada, sin exaltarse manteniendo la autoridad (no poder autoritario) y el niño puede escuchar el mensaje completo e integrarlo.
- Los límites se comienzan a poner casi en el nacimiento de los niños. Al principio, estos límites son muy sencillos y tendrán que ver con asuntos más biológicos como espaciar las tomas de leche o aprender que cuando papá o mamá se están duchando no pueden estar en brazos. Con el paso del tiempo, estos van adquiriendo mayor complejidad y es fundamental quitarse el miedo a decir “no” con seguridad. Con esto no se hace ningún daño a los hijos, al contrario, se les proporciona el aprendizaje de la tolerancia a la frustración. Es decir, aprenden que no siempre van a tener todo lo que quieran en el momento que lo quieran, va a haber ocasiones en las que tendrán que esperar y otras, en las que no lo conseguirán, lo que constituye un aprendizaje esencial para su vida adulta. Además, aprenden a autorregularse emocionalmente cuando esto pasa.
Alternativas al «no»
Cuando decimos “no” a los niños en el momento en el que están realizando una conducta inadecuada, también es interesante ofrecerles otra alternativa que consideremos adecuada. Con esto, fomentamos que a la larga, sean ellos mismos los que se planteen conductas alternativas cuando no puedan o no deban hacer algo.
- Transmitir los límites de forma clara, tranquila y con cariño para que puedan entenderlos bien e interiorizarlos. Los límites deben ser sencillos y deben llevar razones claras para su cumplimiento. Cuando estos límites son razonados brevemente (solo la primera vez que se ponen, no se trata de estar dándole explicaciones en todo momento) los niños no los siguen de forma ciega, los comprenden y es más fácil que los integren. Además, si son transmitidos con cariño, es menos probable que se opongan a ellos, ya que no los percibirán como un ataque ni como algo negativo, sino como una norma que hay que seguir sin connotación de ningún tipo.
- Se deben intentar fijar en la primera ocasión en la que el niño realiza una conducta inadecuada o, incluso antes, cuando ya se percibe que lo va a hacer. De esta manera, es menos probable que aprenda ese tipo de conductas y no habrá que corregirlas más adelante.
Dejar claras las consecuencias
Cuando se establecen deben quedar claras también las consecuencias que tendría el no respetarlos. Estas consecuencias deben ser claras, consistentes, coherentes y proporcionales. El hecho de que las consecuencias sean claras facilita que el niño sepa de antemano qué va a pasar si no respeta ese límite y puede disuadirle. Con respecto a la consistencia, se refiere a que siempre que el niño trasgreda ese límite va a recibir la misma consecuencia, independientemente del momento, con quien esté o nuestro estado de ánimo.
Y, por último, coherentes y proporcionales, tanto para la edad como para la gravedad de la trasgresión. Si llega tarde a casa, por ejemplo, vamos a reducirle el tiempo de móvil en proporción a los minutos que llega tarde. Si en un día, le dejamos que utilice el móvil dos horas y llega media hora tarde, ya solo le queda una hora y media. Además, estas consecuencias deben darse de forma inmediata y ser brevemente justificadas.
Otros aspectos a tener en cuenta
- Aparte de establecer estos límites y consecuencias en las conductas inadecuadas, es necesario premiar las conductas adecuadas mediante refuerzo positivo. No se trata de convertir los límites en dogmas de obligado cumplimiento. Hay que equilibrar la balanza para que los niños se motiven a crear alternativas adecuadas y lo hagan con ganas. Premiar no significa tener que regalarles algo cada vez que hacen algo bien. Basta con hacérselo saber. Por ejemplo, «Mira, has recogido la habitación después de jugar con tus juguetes, eso está genial, mañana podrás jugar 10 minutos más».
- Hay límites que deben ser flexibles. Como ya se ha mencionado, no se trata de construir dogmas, sino de darles una guía para poder desarrollarse correctamente. Algunos límites como no meter los dedos en la sartén o no asomarse a la ventana demasiado sí deben ser estables y rígidos. En cambio hay otros con los que se puede y se debe ser más flexible. Por ejemplo, cuando dejamos que se duerman un poco más tarde en fin de semana o cuando cenamos en el salón viendo una película y siempre se cena en la cocina. Todo esto debe ser razonado y explicado por qué se hacen excepciones y por qué se es más flexible con ese límite en concreto. Esto también ayuda a que ellos detecten con qué cosas pueden o no ser flexibles y lo apliquen a largo plazo.
- Es interesante plantear los límites desde un punto más personal. Por ejemplo utilizando «Quiero que…». De esta forma es más claro y los menores pueden identificarse mejor con el mensaje, además de ser más cálido y cercano.
Si te cuesta poner límites o tienes dudas en cuanto a cómo hacerlo puedes pedir cita con alguna de las psicólogas del equipo. Estamos especializadas en terapia infantojuvenil y te ayudaremos en lo que necesites.
Este artículo ha sido redactado por Alicia Almansa Palomares durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
