El duelo es una respuesta natural frente a una pérdida importante. A pesar de que generalmente se relaciona con la muerte, también puede surgir en circunstancias como la pérdida de una mascota o cuando los padres se separan. Es un proceso doloroso, pero también una oportunidad para aprender a nivel emocional.
La repercusión puede ser particularmente complicada cuando la pérdida se produce en la niñez o en la adolescencia. Los adolescentes y los niños no siempre tienen las herramientas emocionales y cognitivas requeridas para entender y expresar sus sentimientos. Por eso, el papel de los adultos es fundamental: proporcionan un ambiente seguro para que el proceso se lleve a cabo, acompañan y validan las emociones.
Para que el proceso se lleve a cabo de forma saludable, es crucial contar con la ayuda apropiada de las familias, los educadores y, en ocasiones, los profesionales de la salud mental.
En este artículo se analizará la manera en que niños y adolescentes atraviesan el duelo, qué tácticas son eficaces para brindarles acompañamiento y cuáles son las señales de alarma que deben advertir sobre la necesidad de asistencia profesional.
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¿Qué es el duelo?
Se entiende como duelo al proceso de ajuste emocional, conductual y cognitivo que ocurre después de una pérdida importante, la cual suele ser la muerte de un ser querido. Este proceso conlleva una serie de respuestas naturales que posibilitan la aceptación de la ausencia, la reorganización del curso de vida y el otorgamiento a la relación con el difunto de un nuevo sentido.
Hoy en día, se admite que el duelo es un proceso dinámico. Según el Modelo de Procesos Dual, los individuos en duelo fluctúan entre dos formas de afrontamiento: una que se centra en la pérdida (recuerdos, emociones dolorosas, añoranza) y otra que se enfoca en la restauración (adaptarse a nuevas rutinas, buscar distracciones).
Además, la psicología hace una distinción entre duelo normal o esperado (en el que la persona consigue adaptarse y seguir adelante con su vida con el paso del tiempo) y duelo complicado o patológico (que se caracteriza por un dolor que se extiende por mucho tiempo o aumenta de tal modo que tiene un impacto importante en la vida cotidiana y puede desembocar en ansiedad, depresión o trastorno de duelo prolongado) (American Psychiatric Association, 2022).
¿Cómo viven el duelo los niños y adolescentes?
El duelo en niños y adolescentes tiene características específicas que están relacionadas con el desarrollo social, emocional y cognitivo. La experiencia de las personas depende de factores como los que menciona la literatura científica:
- Edad y etapa del desarrollo: Los niños pequeños tienden a tener una visión mágica y reversible de la muerte, pero los adolescentes tienen la capacidad de reflexionar sobre su carácter universal y definitivo.
- Tipo de pérdida: La muerte de un padre o cuidador principal, suele tener un impacto emocional más fuerte que la muerte de una mascota o la de un pariente lejano.
- Calidad de la relación: a mayor cercanía con el fallecido, suele ser más intenso el dolor.
- Apoyo familiar y social: El que haya adultos dispuestos a escuchar y validar las emociones contribuye a la adaptación; por el contrario, si no hay apoyo, aumenta el peligro de un duelo complicado.
- Experiencias anteriores de pérdida: pueden ser útiles como referencia, aunque también aumentan la vulnerabilidad si se acumulan sin un procesamiento apropiado.
¿Cómo puedo acompañar en el duelo?
El apoyo durante el duelo de los niños y adolescentes necesita sensibilidad, sinceridad y disponibilidad emocional. Los niños requieren adultos que les ayuden a entender lo que ha pasado y que les proporcionen un ambiente seguro en el que puedan manifestar su sufrimiento. Por ello debemos hacer los siguiente:
- Escuchar y confirmar las emociones: Permitir la expresión de confusión, rabia, tristeza o miedo sin emitir juicios.
- Hablar de forma clara: El uso de un lenguaje sencillo y sin eufemismos para explicar la muerte contribuye a entender su irreversibilidad.
- Mantener rutinas: Ofrecer continuidad en las actividades diarias proporciona seguridad.
- Promover la expresión simbólica: Realizar dibujos, cartas o rituales de despedida posibilita procesar simbólicamente la pérdida.
¿Con qué hay que tener cuidado? ¿Qué evitar?
Según un estudio, un acompañamiento honesto y respetuoso disminuye la probabilidad de duelo complicado. Por ello lo que debe evitarse es:
- Ocultar información o proporcionar explicaciones confusas.
- Disminuir el dolor con expresiones como «ya pasará».
- Evitando hablar sobre la persona que ha fallecido.
- Exigir responsabilidades de adultos a los niños.
Señales de alerta
La mayor parte de los adolescentes y niños pasa por el duelo de manera adaptativa. Sin embargo, hay señales que indican la necesidad de asistencia profesional:
- Una tristeza muy fuerte y constante que se mantiene durante más de seis meses.
- Aislamiento social intenso.
- Disminución marcada y constante en el rendimiento académico.
- Comportamientos de riesgo, autolesiones o consumo excesivo de sustancias.
- Síntomas físicos recurrentes sin una causa médica evidente.
- Negación total o falta de expresión emocional durante un período largo.
En estas circunstancias, la intervención anticipada de un psicólogo especializado en niños o adolescentes puede evitar que el malestar se vuelva crónico.
Cómo acompañar el duelo en niños y adolescentes
El duelo en la infancia y adolescencia, aunque doloroso, es parte de un proceso natural de adaptación. Acompañar a los menores implica ofrecer presencia, escucha y explicaciones claras que les permitan comprender la realidad de la pérdida. No se trata de evitar el sufrimiento, sino de brindar un entorno seguro donde puedan expresar emociones, mantener rutinas y conservar recuerdos significativos.
Si tienes dudas sobre cómo acompañar el duelo en niños o adolescentes, o has identificado señales de alerta, contar con apoyo profesional puede marcar la diferencia. Un acompañamiento adecuado no solo ayuda a transitar la pérdida, sino también a prevenir que el malestar se complique con el tiempo.
Este artículo ha sido redactado por Sonia Sánchez durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
