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¿Cómo vivimos el duelo en tiempos del coronavirus?

afrontar el duelo

15 Abr ¿Cómo vivimos el duelo en tiempos del coronavirus?

Queremos compartir con vosotros las conclusiones y las ideas interesantes que surgieron a raíz del pasado taller sobre el duelo. Hemos pensado que sería muy beneficioso volver a reflexionar sobre determinadas cuestiones y desarrollar un poco todo lo que surgió durante este taller.

Nuestro taller sobre el duelo surgió por la situación que hemos estado viviendo (y seguimos, aunque con menor virulencia) a causa de la pandemia del COVID-19. En la que miles y miles de personas han tenido que enfrentarse cara a cara con el sentimiento de pérdida ante la muerte de un familiar o un ser querido, de forma traumática, y sin tener la posibilidad de despedirse como hubieran deseado. Con una sensación de distancia enorme. Y sin contar con el apoyo adecuado.

Como siempre os decimos, todo es una “obra en construcción”. Podemos seguir aprendiendo y enriqueciéndonos con más comentarios, dudas y aportaciones. Como siempre, estamos deseando escucharte tanto en los comentarios de este post, en nuestras redes sociales, así como a través de nuestra dirección de correo info@mensactiva.com.

¿Qué es el duelo?

Entendemos por “duelo” toda aquella sensación de pérdida sin posibilidad de recuperación. Si pensamos sobre esta definición, en su sentido más amplio, realmente podemos afirmar que todas las personas estamos en proceso de duelo desde el momento de nuestro nacimiento.

De modo que esta sensación no hace solo referencia a la pérdida de un ser querido tras la muerte de éste, sino a la pérdida de una amistad, una ciudad, un país, un trabajo, la juventud, alguna capacidad debido a un accidente o una enfermedad… Vivimos duelos constantemente. Y pocas veces nos cuestionamos si estamos viviendo ese proceso desde la salud mental. Si prestamos atención a esas emociones y conseguimos ubicarlas en el lugar adecuado para vivir una vida plena.

En el caso específico que nos ocupa dentro de este taller, hemos abordado el duelo desde su acepción más popular: la pérdida de alguien al que tenemos afecto o con el que tenemos una conexión emocional fuerte, debido a su fallecimiento.

Sin duda, la muerte de un familiar o alguien muy cercano es uno de los acontecimientos más duros de asumir en nuestra vida. De hecho, numerosos estudios coinciden en que las experiencias del duelo pueden provocar secuelas físicas, provocando alteraciones en el sistema endocrino e inmune. Esto tiene explicación: las respuestas emocionales intensas producen también reacciones fisiológicas.

¿Nuestra sociedad nos ayuda a transitar saludablemente el duelo?

Lamentablemente, la respuesta es negativa. De hecho, constantemente recibimos mensajes que nos “animan” (apremian, más bien) a recuperarnos pronto, lo antes posible. Incluso, sin darnos cuenta muchas veces ponemos en valor y premiamos aquellos comportamientos que lo evidencian.

¿Cuántas veces habéis escuchado algo parecido a: “es una persona muy fuerte, después de todo lo que ha pasado, nunca le escucharás quejarse ni llorar”? Aunque pueda sorprendernos, flaco favor estamos haciendo al expresarnos de esta forma. Puesto que, sin ser apenas conscientes de ello, estamos condenando la expresión de las emociones y la vulnerabilidad: algo que es totalmente humano. Y necesario.

Y en esa rueda en la que “no hay tiempo que perder llorando”, se enquistan los duelos aplazados, que no terminan de solucionarse porque no encuentran su espacio. Los cuales pueden llegar incluso a cronificarse.

Fases del duelo

fases del duelo

A través del siguiente esquema podéis observar, de forma muy gráfica, cómo evoluciona el duelo en sus diferentes etapas. Este esquema en forma de V ejemplifica todos los hitos emocionales de este proceso, en el que descendemos hasta “tocar fondo”, como solemos decir, y desde ese punto volvemos a remontar en nuestro estado de ánimo.

 

  • Negación y rechazo: Esta fase nos previene y “amortigua” ese dolor. Esta negación se va sustituyendo poco a poco por una aceptación parcial. Algunos ejemplos muy comunes de experiencias en esa etapa tienen que ver con pensar que todo ha sido un sueño, o pensar en llamar por teléfono a esa persona y ser conscientes en ese momento de que ya no está con nosotros, etc.

 

  • Ira y rebelión: Durante la fase de ira surgen todos los “porqués”: “¿Por qué ha tenido que pasar esto?” “¿Por qué ha podido permitirse esa injusticia?”. Y también se intentan buscar “culpables”. La negación empieza a convertirse en rabia, resentimiento y profunda sensación de injusticia. Es una etapa difícil, ya que la ira se traslada en muchas direcciones, y tendemos a sentirnos profundamente incómodos en todas las situaciones de nuestra vida. Todo nos parece mal: y muchas veces soltamos esa rabia a nuestro alrededor de forma explosiva. En esta fase también surge el sentimiento de culpa en muchas personas.

 

  • Miedo y negociación: Estos procesos emocionales están relacionados con la fase de negociación. La persona intenta llegar a un acuerdo consigo misma para superar esta experiencia traumática, ante la complejidad de aceptar una realidad tan dura.

 

  • Tristeza: Es la fase de tristeza más profunda, que suele desembocar en estados depresivos. Cuando la persona sale definitivamente del sentimiento de negación y empieza a ser plenamente consciente de lo que ha ocurrido: que la pérdida es irreversible. Este estadio suele ser temporal, preparatorio, para que la persona enfrente la realidad y se dirija hacia la siguiente etapa. Es muy importante que a la persona se le permita expresar su dolor y sentimientos en esta etapa.

 

  • Aceptación: Poco a poco la persona se dirige a esta fase, la cual suele ser la etapa más larga. No debemos pensar que es una etapa de “felicidad” o de ánimo muy positivo. De hecho, al principio la persona está desprovista de sentimientos, porque está muy fatigada por todo lo que ha venido sintiendo.

 

  • Perdón: Conforme vamos transitando la fase de aceptación, vamos aprendiendo a perdonar. Y vamos construyendo, poco a poco, el camino hacia la paz con nosotros mismos y con nuestro entorno. Sin experimentar la necesidad de hablar tanto sobre nuestro propio dolor: dejando que la vida, en definitiva, se vaya imponiendo.

 

  • Reconciliación y serenidad: La vida vuelve a recuperar sentido. La persona alcanza esta etapa sintiendo calma, y empieza a recordar al fallecido desde un punto de tranquilidad. Y puede empezar a experimentar de nuevo alegría y placer en su vida. Recoloca, en definitiva, todo el proceso emocional que ha experimentado y se adapta a su nueva vida.

 

¿Cuánto tiempo dura un duelo?

El duelo dura lo que la persona necesita para transitarlo. Aquí no podemos dar unos datos concretos y matemáticos, puesto que depende de cada uno de nosotros. De hecho, el duelo puede llegar a prolongarse dos años o más. Y también es totalmente normal sentir picos de dolor o de tristeza en determinados momentos: como ocurre, por ejemplo, durante las fechas señaladas (la Navidad es uno de los ejemplos más paradigmáticos).

También es importante que tengamos en cuenta que no se trata de un proceso lineal. Las etapas que hemos mencionado anteriormente no tienen por qué darse de forma consecutiva. Y también podemos entrar en una fase y retroceder a la anterior. Lo único que está claro es que necesitamos tiempo para ir viviendo todo ese proceso y construyendo nuestra nueva realidad tras la pérdida.

Las emociones “negativas” son nuestro salvavidas

El duelo ejemplifica a la perfección esta máxima. En muchos casos nos enseña algo tan valioso como a no rechazar las emociones desagradables o negativas. A pesar de que pueda parecernos contradictorio, el dolor, la tristeza, la rabia, etc. serán nuestras aliadas en la superación de las diferentes etapas del duelo. Son emociones muy saludables, puesto que son las que nos ayudarán a sanar.

Si nunca salimos de la fase de negación, jamás superaremos el duelo. Y corremos el riesgo de quedarnos con ese dolor en eterno letargo. El cual puede desembocar sin previo aviso provocando daños colaterales en nuestra salud física y mental. De ahí la importancia de ceder siempre ese espacio necesario para la expresión de las emociones en su totalidad, y no obligarnos (ni obligar a otros) a estar bien o dejar de estar tristes lo antes posible. Así jamás se supera un duelo.

 

¿Qué factores pueden interferir negativamente en el proceso del duelo?

En muchas ocasiones, el duelo puede “atascarse”. Incluso convertirse en crónico si no se ponen en marcha los mecanismos de rescate psicológicos para contribuir con la salud emocional del paciente.

La pandemia del COVID-19 es, sin lugar a dudas, una circunstancia excepcional que actualmente está complicando los procesos de duelo. Principalmente, porque está dificultando enormemente que las personas puedan despedirse de sus seres queridos mediante los rituales sociales habituales: estar presentes, y acompañados, durante el velatorio y el entierro del difunto. Cuando no directamente ha impedido que hayan podido acompañar al enfermo en sus últimos momentos. Lo cual genera muchos pensamientos tormentosos en estas personas: el sentimiento de culpa está a flor de piel.

Otros factores que complican o hacen más difíciles los procesos de duelo son:

  • Muertes repentinas, inesperadas y/o traumáticas.
  • Relación de gran dependencia con la persona fallecida.
  • Personalidad, antecedentes y características de la persona que vive el proceso.
  • Contexto socio familiar: ausencia de apoyo social, problemas económicos, hijos pequeños a cargo…

Pautas para favorecer un proceso de duelo saludable

  • Verbalizar lo ocurrido: ¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Qué es lo que sé sobre esta situación?

 

  • Ventilación emocional: Expresar cómo nos sentimos. ¿Sentimos tristeza? ¿Tenemos rabia? Tenemos que permitirnos vivir la rabia y la tristeza sin reprimirla o censurarla. Todas las emociones son válidas, nos dan un mensaje y sirven para algo.

 

  • Evaluación de las necesidades básicas: Ante este tipo de situaciones traumáticas es muy común que la persona deje de cuidarse a nivel físico y emocional. Es importante, poco a poco, ir respetando determinadas rutinas, tan sencillas como darnos una ducha, poner la lavadora o prepararnos la comida. Pasando de ahí a ser capaces de permitirnos determinados placeres o actividades que nos hacen sentir bien y nos gustan.

 

  • Identificación de los niveles cognitivos, fisiológicos, afectivos y conductuales: Normalizar los pensamientos negativos o desasosegantes que pasan por nuestra cabeza. Del mismo modo que debemos normalizar que nos vamos a sentir más débiles físicamente, apáticos o con sensación de malestar corporal.

 

  • Contacto con los otros: Lógicamente, esta parte es complicada dadas las circunstancias del COVID-19 y la necesidad de mantener una distancia social. Sin embargo, no debemos olvidar que estar aislados no es sinónimo de estar solos. Afortunadamente tenemos múltiples formas de comunicarnos y de estar en contacto, viéndonos los rostros y los gestos incluso gracias a las videollamadas. Buscar el apoyo y el calor de los demás es fundamental para elaborar de forma saludable un proceso de estas características.

 

  • Escritura terapéutica: La elaboración de un diario emocional en el que expresemos cómo nos sentimos en cada momento es algo que puede ayudarnos muchísimo. Aquí podemos incluso escribirle una carta de despedida a la persona que se ha ido, donde expresar todo aquello que consideramos nos hemos dejado sin decirle.

 

  • Lectura terapéutica: Si os gusta leer, nosotras solemos recomendar libros que giran en torno al proceso que el paciente está experimentando. Pueden ayudarnos mucho, al vernos reflejados en ellos.

 

  • Técnicas de respiración y relajación: Os animamos enormemente a que uséis estas técnicas. Os ayudarán mucho a encontrar calma y serenidad. Y a reducir la ansiedad y la angustia. Aquí tenéis un audio muy interesante que os guiará para conseguir relajaros y conciliar mucho mejor el sueño.

 

  • Rituales de despedida: Nuestra forma de decir adiós, especialmente dadas las circunstancias del COVID-19. Por ejemplo, crear un “cajón del recuerdo” o una “caja de los recuerdos”.

La conclusión más valiosa que podemos extraer de todo esto es que las emociones nos ayudan. Son nuestras aliadas. Y tenemos que concederles el espacio que necesitan. Solamente de esta forma viviremos nuestros procesos vitales de una forma saludable. Como suele decirse, el duelo duele. Ese dolor es real y válido. Solamente aceptándolo conseguiremos seguir avanzando.

¿Estás viviendo un proceso de duelo que te resulta especialmente complicado? ¿Necesitas acompañamiento en esta etapa de tu vida? Ponte en contacto con nosotras y déjanos ayudarte.

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