Cuando oímos la palabra “trauma”, muchas veces pensamos en guerras, catástrofes o grandes tragedias. Y sí, esas experiencias pueden generar un trauma. Pero lo cierto es que el trauma también puede surgir a partir de situaciones más cotidianas que muchas veces pasan desapercibidas: como crecer en un entorno donde no te sentías seguro, donde no te escuchaban, asumir responsabilidades emocionales que no te correspondían, o vivir con la sensación de que tenías que ser perfecto para que te quisieran.
Estas son algunas de las experiencias que, aunque no siempre se reconocen como traumáticas, pueden dejar una marca profunda en la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Quizás también te interese…
La Neuropsicología del Trauma: Anatomía de la supervivencia y recuperación
¿Cómo interfiere la resiliencia en el trauma?
¿Cómo saber si tengo un trauma infantil?
¿Qué es el trauma psicológico?
Desde la psicología, entendemos el trauma como una herida emocional. No importa tanto lo que pasó, sino cómo lo vivió la persona y si en ese momento tuvo recursos para afrontarlo. El problema es que, a veces, esas heridas no sanan solas. Se quedan ahí, como si el cuerpo y la mente hubieran congelado ese momento, y lo siguieran reviviendo una y otra vez.
Hay traumas que ocurren en un instante como un accidente o una agresión, y otros que se acumulan con el tiempo: la falta de cariño, el maltrato psicológico, la humillación constante… A estos últimos los llamamos “trauma complejo”, porque no vienen de un solo momento, sino de una cadena de vivencias que van dejando una marca profunda.
Desde un enfoque más técnico, el trauma ocurre cuando una experiencia sobrepasa nuestra capacidad de respuesta y adaptación. Es un quiebre en la percepción de seguridad que puede dejar secuelas emocionales, físicas y relacionales. El trauma no está necesariamente ligado a la gravedad objetiva del evento, sino a cómo fue vivido por la persona.
Trauma simple: una herida puntual
El trauma simple se relaciona con un hecho único, concreto y claramente identificable. Puede tratarse, por ejemplo, de un accidente de tráfico, una operación médica de urgencia, una catástrofe natural o una agresión. Son eventos que, aunque intensos, tienen un principio y un final definidos.
Los síntomas que pueden aparecer incluyen reacciones fisiológicas intensas, intrusiones (como pesadillas o recuerdos vívidos), hipervigilancia o evitación. En muchos casos, el cuerpo y la mente activan mecanismos para protegerse, y si el evento no se procesa adecuadamente, pueden mantenerse en el tiempo.
Trauma complejo: cuando el dolor se acumula.
El trauma complejo, en cambio, se desarrolla a lo largo del tiempo. No responde a un solo evento, sino a una serie de situaciones adversas mantenidas o repetidas, muchas veces en el contexto de relaciones significativas.
Este tipo de trauma suele gestarse en la infancia o adolescencia, cuando aún se están formando los recursos emocionales. Abandono, negligencia, abuso emocional, invalidación constante o ambientes caóticos pueden ser caldo de cultivo para este tipo de herida.
Las personas que han vivido trauma complejo muchas veces no reconocen fácilmente su origen. El problema no suele estar en un hecho aislado, sino en una acumulación prolongada de experiencias difíciles. Aunque no siempre se identifiquen como traumáticas, estas vivencias pueden influir de forma significativa en el día a día: dificultad para confiar, autoexigencia extrema, vínculos inestables o una sensación constante de desconexión emocional.
¿Cómo se manifiesta el trauma en el día a día?
A veces pensamos que, si algo nos marcó de verdad, deberíamos recordarlo con claridad. O que, si ya pasó hace tiempo, no tendría por qué seguir afectándonos. Pero el trauma no funciona así.
Cuando una experiencia nos desborda, la mente puede poner en marcha mecanismos para protegernos. A veces bloquea recuerdos. Otras, los transforma en síntomas que no siempre comprendemos: ansiedad sin causa aparente, tristeza persistente, sensación de vacío, reacciones emocionales intensas que parecen exageradas incluso para quien las siente.
Muchas personas que han atravesado experiencias traumáticas describen una sensación de desconexión: de sí mismas, del entorno o de sus emociones. Es como vivir en piloto automático o con una niebla constante. Otras viven con una necesidad continua de tenerlo todo bajo control, con miedo a ser rechazadas o con una tensión interna que no les permite relajarse nunca del todo.
También es común la autoexigencia excesiva, la culpa sin un motivo claro o la dificultad para confiar en otras personas. Y lo más doloroso es que muchas veces quien lo vive no sabe que todo esto puede estar vinculado a heridas del pasado que aún no han sido elaboradas.
Esta es la forma que encuentran el cuerpo y la mente de seguir adelante como pueden, cuando no se pudo integrar lo vivido.
¿Por qué es importante diferenciarlos?
Porque las estrategias terapéuticas que funcionan con un trauma simple no necesariamente son útiles en el tratamiento del trauma complejo. Mientras que en el primer caso se trabaja con la integración de un recuerdo específico, en el segundo es necesario reconstruir toda una narrativa vital, reparar la confianza básica y abordar patrones relacionales profundamente arraigados.
Además, identificar el trauma complejo permite comprender por qué ciertas respuestas emocionales o conductas persisten incluso cuando no hay “motivos evidentes”. No se trata de debilidad, ni de falta de voluntad, sino de una historia emocional que aún necesita ser reconocida, comprendida y acompañada.
El cuerpo también recuerda
Gracias a los avances en neurociencia, hoy sabemos que el trauma no solo deja huellas en la mente, sino también en el cuerpo. La teoría polivagal, por ejemplo, explica cómo nuestro sistema nervioso reacciona ante la amenaza con distintas estrategias automáticas: lucha, huida, congelamiento o disociación.
Esto ayuda a entender por qué algunas personas viven en un estado de alerta permanente, mientras que otras se sienten emocionalmente apagadas. En muchos casos, el trabajo terapéutico no puede limitarse a lo verbal; también necesita incluir una reconexión corporal que permita identificar y regular las respuestas fisiológicas al estrés.
¿Qué hacer si me siento identificado/a?
Si algo de lo que has leído te resulta familiar, quizá sea buen momento para hablarlo con alguien que pueda ayudarte a entenderlo. Hoy en día existen enfoques terapéuticos especializados en el trabajo con trauma, como EMDR, la terapia sensoriomotriz o la experiencia somática. Más allá de la técnica, lo importante es contar con un espacio en el que puedas sentirte seguro/a, entendido/a y con libertad para avanzar a tu ritmo.
En MensActiva contamos con especialistas en trauma, tanto simple como completo, formadas en las técnicas basadas en evidencia para su tratamiento. ¡Contáctanos sin compromiso para pedir información!
Este artículo ha sido redactado por Yaiza Crespo durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
