Durante la infancia, muchos niños presentan en casa un amigo o amiga imaginario al que hay que tener en cuenta y al que los menores hacen partícipe como si fuese un miembro más de la familia. Este hecho suele sorprender a las familias, que a veces se preguntan si es normal que los niños hablen y tengan tanto afecto por un amigo que solo ellos pueden ver. Sin embargo, la existencia de estos amigos invisibles es un fenómeno habitual y tiene implicaciones importantes y profundas en el desarrollo infantil, tanto a nivel emocional como cognitivo y social.
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¿Qué son los amigos imaginarios?
Los amigos invisibles aparecen durante la infancia en aproximadamente un tercio de los niños (Davis et al., 2014) aunque este dato varía en función de la rigidez en la definición de amigo imaginario. Estas entidades suelen manifestarse como personajes con nombre propio, con quienes los niños mantienen conversaciones relaciones durante varios meses (Davis, 2011). No se trata simplemente de que el niño actúe como si fuese un personaje e interpretara un rol durante el juego simbólico, sino que consideran al amigo imaginario como una entidad individualizada, con una presencia constante en su vida diaria. En la investigación actual se diferencian de los amigos imaginarios a los objetos personificados, como muñecos o peluches a los que se les atribuyen características humanas. Estas diferencias permiten entender mejor la riqueza simbólica y emocional que los niños pueden proyectar sobre sus creaciones imaginarias.
Teoría de la mente
Lejos de representar un problema, los amigos invisibles cumplen una función relevante en el desarrollo socioemocional infantil. Cuando los niños se relacionan con sus amigos imaginarios practican habilidades cognitivas fundamentales, como la teoría de la mente, es decir, la capacidad de comprender que los demás pueden tener pensamientos, creencias y emociones diferentes a los propios.
La teoría de la mente se refiere a la capacidad de razonar sobre los estados mentales —como creencias, deseos e intenciones— y comprender cómo estos influyen en las acciones de los demás. Según este autor, se puede interpretar a partir de tres enfoques: conceptual, ejecutivo y social-individual. En este sentido, los amigos imaginarios no solo favorecen el razonamiento mentalista, sino que también pueden servir como entrenamiento emocional y social. Además, durante el juego simbólico se practican otras funciones ejecutivas como la inhibición de respuestas impulsivas, la flexibilidad cognitiva o el cambio de perspectiva. Estas capacidades son esenciales para una buena adaptación escolar y social en etapas posteriores del desarrollo infantil .
Tener una mayor facilidad para enfocarse en el aspecto mental del otro, es decir, conocer los pensamientos, emociones o intenciones del otros no implica que que los niños tengan un mejor comportamiento o sean más empáticos en todos los casos. Es más, algunos niños pueden utilizar esta ventaja de manera negativa o con fines manipulativos como han demostrado algunos estudios sobre acoso escolar. Esto pone de manifiesto que el desarrollo de habilidades mentales no siempre se traduce en conductas prosociales, aunque constituye una base importante para ellas.
Características del amigo imaginario y su impacto en el desarrollo infantil
No todos los amigos imaginarios son iguales y es que, en función de la complejidad de estos de estos (emociones, características, historia de vida, etc.) los niños pueden desarrollar una mayor conciencia de sus propios pensamientos. Incluso, las características del amigo imaginario pueden influir en la relación (positiva o negativa) del niño con los demás ya que algunos tienen una personalidad propia que puede llegar a ser “rebelde” y generar conflictos en ciertos contextos sociales.
Asimismo, algunos estudios indican que existen diferentes tipos de relaciones entre los amigos imaginarios, pudiendo ser estas jerárquicas o igualitarias. La investigación indica que los menores que participan en relaciones más simétricas eran percibidos como socialmente más competentes por los profesores y, además, se asociaban a un mayor nivel de aceptación entre iguales (Lin et al., 2018). Esto sugiere que debe prestarse atención al tipo de vínculo que el menor desarrolla con su amigo imaginario ya que tendrá repercusiones en otras relaciones.
Por otra parte, el desarrollo en el lenguaje es notable en los casos donde estos amigos son más complejos, aportando al menor habilidades narrativas avanzadas, posiblemente porque practican más el lenguaje y estructuran relatos más elaborados. Sin embargo, el vínculo entre tener un amigo imaginario y poseer habilidades narrativas más complejas no implica necesariamente una relación causal. Es decir, no se puede afirmar con certeza si los amigos imaginarios mejoran el lenguaje o si los niños con mejor capacidad narrativa tienden a crear amigos imaginarios. Sin embargo, se ha observado que este tipo de juego favorece la práctica del lenguaje en contextos variados y favorece conversaciones más ricas también cuando se incluye a los adultos.
Atribuir pensamientos, emociones e intenciones a un personaje invisible requiere imaginar un punto de vista ajeno y sostenerlo en el tiempo, lo que implica no solo comprensión conceptual, sino también habilidades ejecutivas y sociales que facilitarán las interacciones reales en el futuro. Además, contar con esta extraña compañía en la infancia no implica que los niños no tengan amistades reales ni que no sean aceptados socialmente. Por tanto, los amigos imaginarios, lejos de ser una rareza o motivo de preocupación, pueden considerarse una manifestación normal, rica y saludable del desarrollo emocional y cognitivo del niño. Comprender su función permite a las familias y profesionales valorar mejor su presencia y su potencial como herramienta de crecimiento personal.
Este artículo ha sido redactado por Candela Macarro durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
