Vivimos en una época donde tomar decisiones se ha vuelto parte esencial de la vida diaria, tanto en lo personal como en lo profesional. Desde decisiones pequeñas como qué ropa usar, hasta decisiones complejas como cambiar de empleo o elegir una inversión financiera, estamos constantemente evaluando opciones.
Sin embargo, una variable que muchas veces se subestima al momento de tomar decisiones es el estrés. A pesar de que todos lo experimentamos, no siempre comprendemos del todo cómo influye sobre nuestro juicio y comportamiento.
El estrés ha sido objeto de estudio desde hace décadas en distintas disciplinas, especialmente en psicología. Lejos de ser solo una sensación subjetiva de «estar abrumado», el estrés implica reacciones fisiológicas, cognitivas y conductuales que pueden modificar profundamente la manera en que evaluamos situaciones y optamos por una alternativa.
En este artículo, exploraremos cómo el estrés afecta la toma de decisiones, especialmente en contextos de alta presión como el mundo laboral ejecutivo, así como en las decisiones cotidianas que todos enfrentamos.
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Los ejecutivos de alto nivel toman decisiones que afectan a muchas personas: empleados, socios, comunidades e incluso a los países en los que sus empresas operan. No es sorpresa, entonces, que estén sometidos a niveles significativos de estrés. Sin embargo, lo interesante es que no siempre lo reconocen como tal. Según una investigación realizada en empresas mexicanas, muchos ejecutivos no consideran que la carga de trabajo sea una fuente principal de presión. Más bien, mencionan como estresores relevantes las responsabilidades personales, la necesidad de reconocimiento y los conflictos entre el hogar y el trabajo.
El estrés en estos contextos se manifiesta de diversas maneras. A nivel fisiológico, pueden presentarse síntomas como taquicardia, tensión muscular o trastornos digestivos. A nivel psicológico, aparecen emociones como ansiedad, desmotivación o incluso síntomas depresivos. Estas manifestaciones no solo afectan al individuo, sino que también comprometen la calidad de sus decisiones. Por ejemplo, se ha observado que un ejecutivo estresado puede tender a evitar la participación de otros en decisiones importantes, tomar decisiones impulsivas o simplemente retrasarlas, lo cual afecta directamente a la organización.
Un punto clave aquí es que el estrés no siempre es negativo. Existe un tipo de estrés positivo, llamado eustrés, que puede motivar al individuo, mantenerlo enfocado y potenciar su rendimiento. Sin embargo, cuando el estrés se convierte en distrés –es decir, cuando sobrepasa los recursos del individuo para enfrentarlo–, es cuando aparecen los efectos perjudiciales. Este equilibrio entre eustrés y distrés es frágil y puede inclinarse rápidamente si no se cuenta con estrategias adecuadas de afrontamiento.
En este sentido, modelos como el Indicador de Presión en el Trabajo (IPT) han ayudado a clasificar los principales factores de presión (o estresores) que enfrentan los ejecutivos: desde las relaciones interpersonales hasta el clima organizacional y las exigencias del rol gerencial. A nivel personal, estas presiones se reflejan en la salud mental, los niveles de energía, la confianza en sí mismo y otros indicadores del bienestar general. Y es justamente este deterioro del bienestar lo que puede llevar a decisiones poco acertadas, cargadas de emoción o carentes de reflexión crítica.
Decisiones cotidianas y emociones
No solo los ejecutivos toman decisiones importantes. En la vida diaria todos enfrentamos elecciones que, aunque pueden parecer simples, están cargadas de valor personal, emocional o social. Elegir entre aceptar un nuevo trabajo, terminar una relación o aplazar una compra importante puede generar niveles de estrés similares a los del mundo empresarial, aunque en contextos distintos.
Según el modelo cognitivo transaccional de Lazarus y Folkman, el estrés no depende únicamente del estímulo, sino de cómo lo interpreta la persona. Es decir, lo que puede ser estresante para alguien puede no serlo para otro. Este modelo propone dos procesos: primero, la valoración primaria, donde el individuo evalúa si la situación representa una amenaza, un reto o es irrelevante. Segundo, la valoración secundaria, en la cual se analiza si se tienen los recursos para enfrentar dicha situación.
Lo interesante es que el estrés aparece cuando una persona percibe que una decisión amenaza aspectos importantes de su vida (autoestima, estabilidad, relaciones) y siente que no tiene recursos suficientes para enfrentarla. Así, se activan respuestas de afrontamiento. Estas pueden ser dirigidas al problema (buscar soluciones, pedir ayuda) o a la emoción (evitar pensar, distraerse, postergar). En muchos casos, especialmente cuando la carga emocional es alta, se opta por estrategias evasivas, como aplazar la decisión o elegir la opción más fácil, aunque no sea la más adecuada.
Un estudio español realizado con estudiantes universitarios demostró que cuanto mayor era la amenaza percibida en una decisión, mayor era también el malestar emocional asociado. Sin embargo, no todos los individuos reaccionaban igual: los que se sentían más capaces para enfrentar la situación experimentaban menos ansiedad, aunque la amenaza fuera la misma. Además, aunque se esperaba que los más estresados tendieran a evitar la decisión, esto no siempre se cumplía, lo cual sugiere que hay otras variables individuales (como el estilo de afrontamiento o el apoyo social) que modulan la respuesta al estrés.
Estrategias de afrontamiento en la toma de decisiones: soluciones eficaces ante el estrés
Ante los efectos negativos del estrés en la toma de decisiones, se ha investigado ampliamente sobre las estrategias de afrontamiento más eficaces. En el entorno laboral, por ejemplo, los ejecutivos suelen buscar control sobre sus agendas, delegar tareas, establecer metas realistas y practicar actividades que les permitan desconectar del trabajo. Algunas empresas incluso han empezado a implementar programas de manejo del estrés, aunque no siempre con el seguimiento adecuado.
En el plano personal, estrategias como el reencuadre cognitivo, la práctica del ejercicio físico, técnicas de relajación o simplemente hablar con alguien de confianza pueden ayudar a reducir el nivel de estrés y tomar decisiones más claras. Sin embargo, muchas personas recurren a mecanismos menos eficaces como evitar el tema, dejarlo para después o elegir la opción menos conflictiva, aunque no sea la más beneficiosa. Este tipo de afrontamiento emocional suele ofrecer un alivio momentáneo, pero no resuelve el conflicto de fondo.
Un punto que se destaca en ambos contextos (laboral y cotidiano) es que no se trata solamente de eliminar el estrés, lo cual sería poco realista, sino de aprender a gestionar sus efectos. No todo estrés es malo: el desafío bien manejado puede motivar, enfocar la atención y llevar a un rendimiento óptimo. Pero cuando no se cuenta con herramientas personales o sociales para manejarlo, el estrés se convierte en un obstáculo real que entorpece nuestras decisiones.
Comprender el vínculo entre el estrés y la toma de decisiones es clave para cualquier persona. A veces, nos exigimos tomar la mejor decisión posible en el peor momento emocional. Reconocer cómo las emociones y el contexto influyen en nuestro juicio puede ayudarnos a detenernos, reflexionar y tal vez buscar ayuda antes de actuar impulsivamente.
Tanto en el mundo laboral como en la vida diaria, el estrés está presente. Lo importante no es evitarlo, sino entenderlo y responder de forma adaptativa. Invertir en estrategias de afrontamiento eficaces, mejorar el apoyo social y trabajar la percepción de control personal puede ser la diferencia entre tomar decisiones impulsivas o conscientes. Al final, decidir bien no siempre es decidir rápido o con total seguridad, sino hacerlo desde un equilibrio entre razón y emoción.
Este artículo ha sido redactado por Yoel Gutiérrez durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
