Es conocido por todo el mundo que los niños alrededor de los 2-3 años “están en la etapa del no”: “no quiero dormir”, “no quiero esto”. En muchas de estas ocasiones ese “no” puede acabar con el pequeño gritando, llorando o pataleando, lo cual se conoce como rabieta.
¿Por qué ocurren las rabietas?
Las rabietas, no son ni más ni menos, que la forma que tienen los niños para expresar su frustración frente a situaciones muy diferentes. En esta etapa, las ganas de ser independiente y demostrar su autonomía chocan directamente con los límites que les imponen los adultos más cercanos y, como resultado, reaccionan de la única manera que encuentran para expresar sus emociones cuando no han adquirido aún la capacidad del habla o de expresarse emocionalmente.
Existen muchas razones para que un niño acabe teniendo una rabieta. Entre ellas, se encuentran las que se pueden considerar de funciones más básicas como el hambre, el cansancio o estar enfermos , todo esto se aúna con contar con las capacidades limitadas para afrontar la situación, lo que resulta en el comportamiento de la rabieta.
Otras razones para que los niños reaccionen de esta manera pueden ser buscar la atención de los padres, conseguir lo que uno quiere, o evitar hacer algo que no quiere hacer.
Ahora bien, ¿Qué es lo que pueden hacer los padres para controlar las rabietas? Así, lo más fácil para controlarlas es prevenirlas, ya que suele ser muy difícil, una vez habiendo comenzado, hacer que paren.
Prevenir las rabietas
Para prevenir las rabietas los padres necesitan conocer qué cosas provocan que su hijo/a acabe actuando así.
Algunas de estas situaciones pueden ser por cambiar las actividades en las que participa cuando él/ella no quiere cambiar de actividad, frustrarse o estar fuera de casa cuando está cansado o tenga hambre.
Por lo tanto, en el primer caso, es importante mantener la coherencia frente a lo cómo esperamos que el niño se comporte adecuadamente y los premios que podemos ofrecerle cuando accede a cambiar una actividad por otra. Adecuar las tareas a su edad y plantear un sistema de puntos por el cual el pequeño/a pueda conseguir premios mayores, ayuda a que las actividades se vayan cumpliendo con más facilidad y evitar la escalada de las rabietas.
Además, los niños necesitan tener una rutina diaria, en especial una que mantenga claramente los horarios de comidas y siestas. Esto les ayudará a saber qué esperar de cada día, así como ayudar a los padres a evitar actividades cercanas a la hora de la siesta o la hora de comer para evitar las rabietas debidas al cansancio o al hambre. Si se nos hace complicado en ciertos momentos mantener estas rutinas, siempre es conveniente tener a mano snacks sencillos, como alguna pieza de fruta o galletas cuando se está fuera de casa.
Cuando estas rabietas suceden porque el niño está frustrado, los padres deben encontrar qué es lo que les está provocando ese malestar y, la mejor opción es intentar distraerlos (con libros, juguetes o canciones).
Otras de las razones por las cuales los niños pueden responder con una rabieta es porque aún no han adquirido la habilidad para comunicarse. A medida que los niños crecen, son más capaces de comunicar deseos, necesidades y frustraciones a través de las palabras.
Es por ello, que es importante que hasta que llegue ese momento, los padres les enseñen a expresar sus emociones verbalmente en lugar de hacerlo a través de rabietas.
Varios de los trucos para comenzar pueden ser:
- Preguntar cómo se sienten: ayudarles a aclarar si se sienten enfadados, tristes, cansados o tienen hambre para poder llegar a una solución.
- Ponerle nombre a la posible emoción que estén sintiendo: podemos dar ejemplos de palabras como: ¿te sientes enfadado?, ¿estás triste?, ¿tienes hambre?. De esta manera los niños van añadiendo estas palabras a su vocabulario y va a facilitar que la identifiquen mejor la próxima vez.
- Enseñarles a expresar su emoción de forma verbal: animar a los niños a expresarse diciendo “estoy enfadado/triste por …”, favorece que expresen sus sentimientos sin necesidad de hacerlo a través de una rabieta.
- Evitar decir que no: muchas de las frustraciones de los más pequeños se deben a recibir constantemente la respuesta “no”. Para evitar las rabietas por esta razón los padres pueden ayudar a los niños a sentir que tienen el control de sus decisiones ofreciéndoles tantas opciones como sea posible, asegurándose que al ofrecerlas están son aceptables para ambos. Por ejemplo: ¿quieres ponerte tu camiseta de Batman o del Capitán américa?, ¿quieres ir al parque en patín o en bicicleta?.
Cuando ya ha estallado la rabieta, ¿qué puedo hacer?
Es inevitable que en muchas situaciones la primera reacción de los padres sea, reaccionar con la misma intensidad para que el niño pare, ya sea porque es un lugar público y sentimos ser el centro de toda atención, por vergüenza o incluso para rebajar nuestra propia frustración y estrés frente a lo que está ocurriendo.
Varias de las recomendaciones para actuar frente a una rabieta son:
- Si el niño no corre ningún peligro, la primera opción va a ser ignorarlas: Retirar todo contacto con él/ ella y volver a dárselo cuando acabe, pero manteniéndonos cerca de él/ ella en todo momento. Así, aprende que su conducta no obtiene atención y no va a recibir lo que quiere hasta que se calme y puedan expresarlo de otra manera. En el caso en el que sea porque tiene sueño o hambre, la mejor opción va a ser acompañarle hasta que se calme e intentar que duerma una siesta o coma algo.
- Evitar hacerle entrar en razón o regañar durante la rabieta: esto solo va a incrementar la posibilidad de que se vuelvan a producir, ya que estos contactos funcionan como refuerzo (la probabilidad de que ocurra el mismo comportamiento aumenta) de su conducta, el niño aprende que, si tiene una rabieta y los padres responden, consigue la atención que desea.
- Hablar con un tono de voz bajo y claro: gritar solo va a funcionar como ejemplo para él de cómo se debe comportar cuando siente emociones negativas (recordad que los niños todavía no conocen las reglas sociales como los adultos), por lo que mantener un tono de voz tranquilo, puede facilitar que el niño vaya calmándose poco a poco y entienda que así no se tratan las dificultades.
- Dar órdenes cortas y claras: es más probable que cuantas más tareas les pidas y de forma más seguida, más se opongan a realizarlas y acaben en discusión. Por lo que, se aconseja dar el mismo número de órdenes que años tenga el niño/a.
¿Qué puedo hacer si empiezo a sentir rabia o enfado y no quiero reaccionar así frente a mi hijo?
El primer paso es identificar las primeras señales de esa rabia/enfado. Pueden aparecen en forma de bloqueo, de calor, nerviosismo, necesidad de moverse de un lado a otro, aumenta la respiración…
El siguiente paso, es concentrar la atención en las situaciones que pueden provocar estas sensaciones: ¿Por qué ha empezado?, ¿Me ha molestado que me grite?, ¿qué es lo primero que he empezado a notar: calor, nervios…?.
El tercer paso es diferenciar si lo que ha hecho el niño/a son conductas “molestas” pero que pueden “pasarse por alto” o, por el contrario, sobrepasan los límites establecidos.
En el primer caso, la mejor opción es “restarle importancia”. Se puede hacer utilizando algún pensamiento como “mantra” para reducir el inicio del enfado/ rabia, como por ejemplo: “es un niño pequeño, es normal que a veces se ponga así”, “está disfrutando aunque esté haciendo tanto ruido”…
En el segundo caso, cuando se ve claramente que el límite impuesto lo está cruzando y comiences a notar las señales previas de enfado/ rabia, lo mejor para no perder el control es respirar profundamente siguiendo un ritmo estable (inspirar aire en 4 segundos, mantener la respiración 5 segundos y soltar en 6 segundos). Si tras las respiraciones, las emociones siguen presentes, puedes preguntarte ¿qué me aporta responder desde el enfado/ rabia?, ¿estoy ayudando a mi hijo/a si le grito?, o si la situación está superándote puedes irte a otra habitación durante unos segundos para intentar calmarte.
Después de respirar para rebajar la intensidad de las emociones, es aconsejable plantearse a sí mismo preguntas del tipo: ¿no me ha hecho caso a posta o lo ha hecho sin querer?, ¿qué le ha podido molestar para hacer lo que ha hecho?, ¿si le repito la orden, va a hacer que me enfade más?. Muchas veces los niños actúan de una manera que los adultos no vemos bien pero lo hacen por impulsividad y pueden no llegar a medir las consecuencias de sus actos en el momento.
Todas estas pautas ayudan, tanto a mantener la calma frente a una rabieta como, posteriormente, poder decidir de manera más “racional” que consecuencias podemos o no aplicar.
Este artículo ha sido redactado por Andrea Arcas durante la realización de las prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
