Cuando hablamos de catástrofe, nos referimos a un suceso negativo, imprevisible y devastador que causa grandes destrucciones materiales y pérdidas humanas, generando un elevado número de víctimas y una desorganización social significativa. Puede tratarse de desastres naturales o sucesos sociales causados por el ser humano. A menudo, sus efectos perduran en el tiempo y hay una ruptura de la estructura social, afectando al funcionamiento esencial de la sociedad.
Tras una catástrofe natural, la población queda vulnerable en su salud mental y requiere atención inmediata para estabilizarse psicológicamente, además de enfrentar las pérdidas materiales. En este contexto, los psicólogos desempeñan un papel crucial mediante su intervención profesional. Las crisis humanitarias afectan a individuos, familias, comunidades y la sociedad en general, provocando desplazamientos forzosos, pérdidas del hogar, seres queridos, medios de vida y redes de apoyo.
Todos podemos ser psicológicamente vulnerables, ya que nuestras reacciones buscan protegernos del sufrimiento y preservar el bienestar. Sin embargo, ciertos grupos de población pueden verse más afectados, como pueden ser las personas con diversidad funcional, incluyendo aquellas con discapacidades (visual, auditiva, física o cognitiva), trastornos del espectro autista, víctimas de violencia de género y víctimas de guerra o refugiados.
Efectos psicológicos en los afectados
Los eventos de gran magnitud suelen provocar una alteración psicosocial que, en la mayoría de los casos, supera la capacidad de afrontamiento de las personas y precipita la aparición de manifestaciones emocionales y trastornos mentales. Es importante destacar que no todos los síntomas y signos observados evolucionan hacia un trastorno de salud mental, sino que muchos representan respuestas normales frente a una situación anormal, excepcional e incierta.
Reacciones emocionales más frecuentes
Aún así, los trastornos mentales son más elevados tras pérdidas violentas y repentinas cuya recuperación es más lenta, y desencadena una serie de reacciones psicológicas en los afectados por situaciones críticas y de emergencia. Entre estas reacciones encontramos:
- Pensamientos invasores y recurrentes.
- Confusión, culpa, ira, tristeza, miedo y desesperanza.
- Negación, dificultades en la toma de decisiones, bloqueo mental.
- Estrés agudo, TEPT (flashbacks, pesadillas, hipervigilancia, evitación de recuerdos relacionados con la catástrofe), ansiedad, depresión.
- Duelo complicado.
- Problemas psicosomáticos (dolores físicos, insomnio, etc)
Entre los factores que pueden agravar la situación de los afectados, encontramos la pérdida masiva de bienes o recursos, la falta de apoyo social o acceso a servicios básicos, y las experiencias traumáticas directas, como haber estado en peligro de muerte.
Fases del impacto psicológico
El impacto de una catástrofe natural puede desencadenar una crisis psicológica significativa en las personas afectadas. Esta crisis suele manifestarse como una respuesta intensa al estrés y al trauma experimentados, y se distinguen en ella las siguientes fases:
- Fase I – Evento precipitante: Se percibe el suceso como amenazante y genera mucho estrés, provocando respuestas como shock o negación.
- Fase II – Respuesta desorganizada: Se presentan comportamientos desorganizados, desde la aflicción hasta la angustia, como un intento de reestablecer el sentido de la existencia.
- Fase III – Explosión: Se pierde el control de emociones, pensamientos y comportamientos, resultando en conductas inapropiadas o destructivas.
- Fase IV – Estabilización: Se comienza a aceptar la situación, aunque las reacciones pueden seguir presentes, pero con menor intensidad. Existe la vulnerabilidad a recaer en la «explosión».
- Fase V – Adaptación: Se alcanza una conciliación entre el evento y la realidad actual, tomando el control de la situación y orientándose hacia el futuro.
Sin embargo, no todas las personas afectadas son víctimas pasivas; muchas muestran resiliencia, fortalecen la cohesión y descubren recursos internos inesperados. En quienes han experimentado un trauma, se observan dos fenómenos psicológicos positivos: la resiliencia psicológica, que implica tanto la capacidad de mantenerse estable como de recuperarse tras eventos traumáticos, y el crecimiento interior, conocido como crecimiento postraumático. Este último se refiere a una evolución positiva que produce una nueva percepción de la vida, un cambio en las prioridades, el aprovechamiento de oportunidades, un fortalecimiento personal, mejoras en las relaciones interpersonales y transformaciones en el ámbito espiritual.
La promoción de la resiliencia se destaca como un medio clave para fomentar soluciones y mejorar las condiciones frente a la adversidad. Es una herramienta clave que debe trabajarse antes, durante y después de una crisis, para crear entornos saludables y responder eficazmente a los desafíos sin enfocarse únicamente en los reveses. Está influenciada por factores intrínsecos, como el optimismo, la ética y el apoyo interpersonal, y por factores extrínsecos, como el entorno familiar, el nivel socioeconómico y el acceso a la educación.
Estrategias de Intervención Psicológica
Ante estas situaciones, se implementan los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP), recogidos en una disciplina especializada, conocida como la Psicología de la Emergencia, que estudia el comportamiento humano ante situaciones traumáticas. Su enfoque permite realizar intervenciones en crisis, destacando la relevancia del apoyo social y el fortalecimiento de comunidades resilientes como estrategias clave para enfrentar estos eventos. Estas acciones contribuyen a reducir la probabilidad de desarrollar trastornos como el estrés postraumático y otras afecciones que pueden afectar la salud mental a corto, medio y largo plazo, siendo clave la intervención temprana para mitigar los efectos psicológicos.
Se busca poner en marcha los mecanismos innatos y adquiridos de resiliencia de los afectados, activando sus estrategias de afrontamiento ante la situación y, favoreciendo la adaptación, superación y el crecimiento postraumático. Las demandas a los psicólogos en situaciones de emergencia se dividen en tres fases:
- Fase inicial: Se busca establecer contacto, ofrecer protección y seguridad, proporcionar información clara y tranquilizadora, reducir pensamientos distorsionados, normalizar reacciones emocionales, cognitivas y físicas, y promover estrategias para reducir la ansiedad. Además, se evalúan factores de vulnerabilidad, la existencia de psicopatología previa y se fomenta el afrontamiento, la autoeficacia y el apoyo social. También incluye preparar y acompañar a los afectados en situaciones críticas como el reconocimiento de cadáveres o el entierro.
- Fases posteriores: Se realizan seguimientos para observar el proceso de duelo y adaptación, comprobando la funcionalidad previa al suceso. Se ayuda a fortalecer la autoestima, la toma de decisiones, y se identifican factores bio-psico-sociales que dificulten la adaptación, derivando a especialistas si es necesario.
- A largo plazo: Se verifica si la persona ha logrado rehacer su vida y adaptarse al cambio, superando el suceso sin quedar atrapada en él.
Para abordar adecuadamente a una persona afectada, se deben seguir estas pautas:
- Desarrollar una escucha responsable, mostrando empatía al comprender y sintetizar los sentimientos del afectado.
- Ser cortés, honesto y transparente para ganarse la confianza y cooperación.
- Mantener una actitud realista y objetiva.
- Respetar la dignidad y libertad de la persona, permitiéndole enfrentar sus problemas.
- Fortalecer la confianza y seguridad del afectado.
- Estar atento a las cualidades y fortalezas de la persona.
- Aceptar su derecho a sentirse como lo hace.
- Hacer preguntas saludables y efectivas, y solicitar retroalimentación para confirmar la comprensión.
- Respetar las creencias religiosas del afectado.
La intervención psicológica en estos casos debe considerar necesidades especiales y específicas, ya que las catástrofes naturales no afectan únicamente a nivel individual, sino también comunitario. Por ello, las redes de apoyo juegan un papel crucial, ya que contribuyen significativamente durante la crisis, facilitando el alcance a más personas en menos tiempo, ampliando la red de ayuda y fomentando la participación activa en el proceso comunitario. Esto fortalece la identificación y la interacción entre quienes han vivido el mismo trauma o situación. Además, facilita el diseño de actividades que promuevan un ambiente acogedor entre los afectados, sus familias y allegados, fomentando la resiliencia. Por otro lado, la psicoeducación se destaca como un elemento esencial en las intervenciones, tanto para la prevención como para la promoción de la salud, impactando la salud integral biopsicosocial.
Este tipo de crisis puede ser temporal si se abordan adecuadamente, aunque en algunos casos, las secuelas emocionales pueden persistir y requerir un tratamiento a largo plazo.
Recomendaciones
La salud mental en contextos de catástrofes es fundamental para la recuperación integral de las personas y comunidades afectadas. Los eventos traumáticos no solo generan pérdidas materiales, sino que también impactan profundamente las emociones, pensamientos y relaciones sociales, dificultando la adaptación a una nueva realidad. Atender la salud mental permite mitigar el sufrimiento, prevenir trastornos graves y fortalecer la resiliencia, promoviendo la capacidad de afrontar la adversidad y reconstruir una vida digna. Ignorar este aspecto sería dejar incompleta la respuesta humanitaria, ya que el bienestar psicológico es clave para la recuperación sostenible y la reconstrucción del tejido social.
Cabe mencionar también la importancia del papel de los gobiernos, organizaciones y comunidades en la recuperación tras una catástrofe. Los gobiernos deben coordinar recursos, garantizar la seguridad, facilitar la atención médica y psicológica, y promover la reconstrucción. Las organizaciones, tanto locales como internacionales, deben apoyar con recursos técnicos, financieros y logísticos, para así brindar asistencia humanitaria y asegurar la cobertura de necesidades básicas. Y por último, las comunidades juegan un papel clave en la identificación de prioridades locales, el fortalecimiento de la resiliencia colectiva y la reconstrucción del tejido social, fomentando la cohesión y la cooperación para superar la adversidad.
Este artículo ha sido redactado por Isabel Parra durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
