Los trastornos facticios son poco conocidos por el público general, pero pueden tener consecuencias graves tanto para quien los padece como para quienes les rodean.
En este artículo exploraremos qué son, cómo se manifiestan, sus consecuencias, y las diferencias entre dos tipos: el síndrome de Munchausen (o trastorno facticio impuesto a uno mismo) y el llamado Munchausen por poderes (o trastorno facticio impuesto a otro).
¿Qué es un trastorno facticio?
El trastorno facticio es una categoría clínica incluida en el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales). Se caracteriza por la necesidad psicológica de asumir el rol de enfermo, a través de la fabricación, exageración o inducción deliberada de síntomas físicos o psicológicos, sin una ganancia externa clara (como dinero, medicación o evitar responsabilidades legales o laborales).
El objetivo del trastorno facticio no es engañar por un beneficio tangible (por ejemplo, fingir una lesión para conseguir una baja laboral o compensación económica), sino por una necesidad emocional profunda: sentirse cuidado, recibir atención médica, ser visto como alguien frágil o necesitado.
Síntomas y formas de presentación del trastorno facticio
Los síntomas del trastorno facticio pueden ser tanto físicos como psicológicos. Algunas personas llegan a inducirse lesiones reales o a manipular resultados médicos para parecer enfermas.
Estas son algunas de las conductas más frecuentes:
- Fingir síntomas físicos como dolor, vómitos, fiebre o convulsiones.
- Provocarse intencionadamente enfermedades, mediante cortes, ingestión de sustancias o uso de medicamentos innecesarios.
- Alterar o manipular exámenes médicos (añadir sangre a muestras de orina, por ejemplo).
- Exagerar o inventar episodios psiquiátricos como disociaciones, alucinaciones o pérdidas de memoria.
- Aparición o empeoramiento de síntomas cuando la persona está acompañada o sabe que está siendo observada.
- Historial médico extenso e inconsistente, con múltiples visitas a urgencias o consultas médicas sin un diagnóstico claro.
- Conocimiento elevado del lenguaje médico, muchas veces adquirido a lo largo del tiempo.
- Resistencia o falta de colaboración cuando el personal sanitario quiere contrastar la información o hablar con familiares.
- Interés por someterse a pruebas médicas, tratamientos e incluso cirugías, aunque no siempre sean necesarias.
Consecuencias emocionales y físicas del trastorno facticio
Los trastornos facticios tienen consecuencias importantes para quienes los padecen, así como para su entorno. En los casos en que hay autolesiones o uso indebido de medicamentos, el cuerpo puede sufrir daños graves o permanentes. Además, existe un riesgo elevado de intervenciones médicas innecesarias, como cirugías, hospitalizaciones o tratamientos farmacológicos agresivos.
A nivel psicológico, quienes presentan este trastorno suelen experimentar sentimientos crónicos de vacío, inseguridad, baja autoestima y dificultades para establecer relaciones significativas. La necesidad de atención se convierte en una forma desadaptativa de buscar afecto o validación.
Tipos de trastorno facticio
Existen dos formas principales de trastorno facticio, que se diferencian según quién es la persona que manifiesta o provoca los síntomas.
Trastorno facticio impuesto a uno mismo (Síndrome de Munchausen)
Este tipo de trastorno facticio es la forma más conocida, y en él la persona provoca, exagera o inventa síntomas físicos o psicológicos en sí misma. Puede llegar a autolesionarse, manipular análisis médicos o fingir crisis con el fin de obtener atención, cuidados o validación.
Generalmente, quienes lo padecen conocen términos médicos, acuden repetidamente a hospitales y buscan someterse a pruebas o tratamientos, aunque no sean necesarios.
Trastorno facticio impuesto a otro (Munchausen por poderes)
Este tipo de trastorno se presenta cuando una persona (habitualmente una figura cuidadora como una madre, padre o familiar) provoca, simula o inventa síntomas en alguien dependiente, como puede ser un hijo o una persona mayor.
El objetivo es recibir atención, compasión o reconocimiento a través del papel de “cuidador abnegado”.
Este comportamiento, aunque parezca dirigido al bienestar del otro, es en realidad una forma de maltrato y control, con graves consecuencias médicas, psicológicas y legales, que pueden incluir la retirada de la custodia o responsabilidades penales.
Este tipo de dinámicas han sido representadas en el cine; si te interesa profundizar en esta temática desde la ficción, la película RUN (disponible en Netflix) ofrece un buen punto de partida.
¿Con qué no se debe confundir un trastorno facticio?
Dado que los trastornos facticios implican la presencia de síntomas físicos o psicológicos sin una causa médica clara, pueden confundirse fácilmente con otros cuadros clínicos o comportamientos.
Sin embargo, es importante distinguirlos de los siguientes:
- Simulación: A diferencia de los trastornos facticios, en la simulación hay una intención consciente de fingir o exagerar síntomas con un objetivo externo claro, como obtener una baja laboral, evitar una responsabilidad legal, conseguir medicación o un beneficio económico. En los trastornos facticios, no hay una ganancia externa evidente, sino una necesidad emocional de ocupar el rol de enfermo o cuidador.
- Trastornos somatomorfos (como el trastorno de síntomas somáticos): En estos casos, los síntomas físicos son reales para la persona, aunque no tengan una causa médica identificable. No hay intención de engañar, ya que la persona realmente cree estar enferma. En cambio, en los trastornos facticios, la persona sabe que los síntomas no son reales (o han sido inducidos) y, aun así, los presenta deliberadamente.
- Hipocondría o ansiedad por la salud: Aquí, la persona tiene un miedo intenso y persistente a estar enferma, interpretando de forma catastrófica sensaciones corporales normales. A diferencia del trastorno facticio, no hay invención de síntomas ni manipulación consciente, sino una preocupación excesiva por la salud.
- Trastornos de conversión (o síntomas neurológicos funcionales): En estos casos, los síntomas (como parálisis, desmayos o pérdidas sensoriales) no son simulados ni provocados de forma voluntaria. La persona los experimenta de forma real, aunque no se encuentren causas médicas. En los trastornos facticios, sí hay una intención consciente de fingir o inducir el síntoma.
Distinguir correctamente entre estos cuadros es esencial para poder ofrecer la intervención adecuada.
Un diagnóstico erróneo puede llevar a tratamientos innecesarios o a no abordar el verdadero origen del malestar. Por eso, ante la sospecha de cualquiera de estos trastornos, es fundamental acudir a un profesional de salud mental especializado.
¿Por qué se desarrollan los trastornos facticios?
El origen del trastorno facticio es complejo y multifactorial. No existe una única causa, pero sí factores que pueden aumentar su aparición:
- Historia de trauma o abandono en la infancia, donde la enfermedad fue una de las pocas formas de recibir atención o afecto.
- Ambiente familiar disfuncional, con carencias afectivas o figuras parentales poco disponibles.
- Experiencias médicas reales en el pasado, que pueden haber reforzado la idea de que estar enfermo es una vía legítima para ser atendido.
- Trastornos de personalidad coexistentes, como el trastorno límite de la personalidad o el trastorno histriónico.
- Necesidad de control sobre los demás o sobre la propia vida, que se canaliza a través de la manipulación del entorno médico.
Tratamiento del trastorno facticio: ¿hay salida?
El trastorno facticio es una llamada silenciosa de auxilio.
No son simplemente «ganas de llamar la atención», sino la expresión de un malestar emocional profundo que necesita ser escuchado y acompañado con respeto y profesionalismo.
Si tú mismo o alguien cercano se encuentra atrapado en este patrón de comportamiento que parece no tener fin, la terapia puede ser el primer paso para romper el ciclo y empezar a vivir de otra forma. No estás solo/a.
Este artículo ha sido redactado por Alicia Altajeros durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
