Lo que la infancia calla, la adultez lo grita: la relación con las drogas

22/05/2025 por Psicología MensActiva S.L.

La infancia es una base sobre la que se construye el resto de nuestra vida. En ella aprendemos cómo son las relaciones, qué esperar del mundo y, sobre todo, cómo regular lo que sentimos. Ahora, imagina que esa base es inestable: una casa donde el amor escasea, los gritos son la norma, o el silencio lo cubre todo de miedo. En estos contextos, lo que debería ser una etapa donde la protección fomente el desarrollo se convierte en una de supervivencia. Y muchas veces, ese aprendizaje de la supervivencia deja huellas que nos acompañan hasta la adultez.

Las experiencias adversas en la infancia (como el maltrato, la negligencia o vivir en entornos familiares desestructurados) no siempre dejan marcas visibles, pero su impacto puede ser profundo y duradero. Estudios recientes en psicología y neurociencia han demostrado que estos eventos pueden alterar nuestra forma de entender el mundo, nuestras emociones y la manera en que nos relacionamos con los demás. Y uno de los efectos es el vínculo que existe entre estas experiencias y el desarrollo de adicciones en la adultez.

¿Qué se entiende por experiencias adversas en la infancia?

Las llamadas ACEs (Experiencias Adversas en la Infancia o Adverse Childhood Experiences) abarcan una amplia variedad de situaciones difíciles vividas antes de los 18 años: abusos físicos, sexuales o emocionales, abandono, violencia doméstica, adicciones en la familia, enfermedades mentales en el entorno cercano, separación de los padres, entre otras. Aunque cualquiera de estos eventos puede tener consecuencias, lo que más afecta es su acumulación.

No se trata solo de haber vivido una situación dolorosa, sino de cuántas se suman a lo largo del tiempo y de cómo se gestionan. Es decir, un niño que vive en un entorno donde constantemente se siente inseguro, no es escuchado o no recibe cariño, está más expuesto a un desarrollo emocional desregulado. Y en muchos casos, la falta de recursos para entender lo que se siente o pedir ayuda, hace que estos niños crezcan sin herramientas para manejar su mundo interno.

El trauma no es lo que pasa, sino cómo se vive

Un mismo evento puede afectar de forma muy diferente a dos personas. La clave está en cómo se interpreta, cómo se vive y qué recursos personales o externos hay disponibles. Hay niños que, pese a vivir situaciones difíciles, cuentan con adultos que los apoyan, espacios seguros donde expresarse o formas saludables de gestionar el estrés. En cambio, otros aprenden que sentir es peligroso, que confiar no es una opción o que la mejor manera de sobrevivir es apagarse emocionalmente.

Con el paso de los años, estas personas pueden desarrollar lo que se conoce como trauma complejo o trauma relacional. No siempre se manifiesta como un recuerdo concreto, sino como una sensación de amenaza constante, una dificultad para regular las emociones o relaciones marcadas por la desconfianza. Y aquí es donde muchas veces entran en juego las sustancias.

Drogas y alcohol: aliados momentáneos del malestar

Las drogas no aparecen por casualidad en la vida de una persona. En muchos casos, cumplen una función psicológica concreta: aliviar el dolor, desconectar de emociones abrumadoras o calmar la ansiedad. En contextos donde no se ha aprendido a manejar el malestar de otra manera, consumir puede parecer la única vía para sentirse “bien”, aunque sea momentáneamente.

El cerebro humano cuenta con un sistema de recompensa que se activa cuando experimentamos placer. Las sustancias psicoactivas actúan directamente sobre este sistema, generando sensaciones que, en ocasiones, pueden resultar adictivas para quienes nunca han sentido una verdadera calma emocional. Además, cuando se ha vivido bajo un estado de estrés crónico desde la infancia, el organismo puede quedar condicionado a funcionar en modo “alerta” constante, lo que hace que las drogas se conviertan en un atajo rápido para silenciar esa alarma interna.

Cuando la infancia no se cuida, la adultez lo paga

Lo más alarmante es que cuanto mayor es el número de experiencias adversas en la infancia, mayor es la probabilidad de desarrollar un problema de consumo en la adultez. Pero no solo eso: el patrón también tiende a ser más estable, crónico y resistente al cambio. Esto no significa que todas las personas que han tenido una infancia difícil desarrollarán una adicción, pero sí que tienen una mayor vulnerabilidad.

Y hay más. Estas personas también suelen mostrar niveles más bajos de autoestima, dificultades para confiar en los demás, tendencia a relaciones conflictivas, síntomas depresivos o ansiedad generalizada. En muchos casos, el consumo aparece como una estrategia de “afrontamiento”, un intento desesperado por calmar.

La buena noticia: el daño no es permanente

Aunque las heridas emocionales de la infancia pueden acompañarnos durante años, no son irreversibles. De hecho, muchas personas logran reconstruir sus vidas, aprender nuevas formas de relacionarse y desarrollar estrategias más saludables para gestionar el malestar. La clave está en el acompañamiento adecuado y en el reconocimiento del dolor vivido.

En este sentido, la psicoterapia centrada en el trauma (como el EMDR o la terapia cognitivo-conductual especializada) ha demostrado ser efectiva para trabajar con personas que han sufrido ACEs. Estas intervenciones no se limitan al tratamiento de la adicción, sino que buscan abordar el origen del problema: el trauma emocional no resuelto.

Una mirada más amplia: prevenir desde la raíz

Desde una perspectiva social y educativa, es fundamental que empecemos a entender las adicciones no solo como un problema individual, sino como el síntoma de una historia de sufrimiento. Si queremos reducir el consumo de drogas en la sociedad, necesitamos actuar mucho antes de que aparezca. Eso significa invertir en educación emocional desde edades tempranas, apoyar a las familias en situación de vulnerabilidad, identificar a tiempo los signos de maltrato y ofrecer recursos accesibles para la salud mental.

También es importante cuestionar algunos mandatos sociales que promueven la represión emocional, especialmente en niños y adolescentes. Validar lo que sienten, enseñarles a expresar lo que les pasa sin miedo y ofrecerles espacios seguros puede marcar una diferencia enorme en su desarrollo.

Conclusión: lo que no se nombra, se repite

Las experiencias adversas en la infancia no son una sentencia definitiva, pero sí una advertencia. Hablan de una necesidad urgente de mirar hacia los orígenes del malestar, de entender que muchas conductas que juzgamos (como el consumo problemático) tienen raíces más profundas de lo que parece. Hablan de la importancia de prevenir, de acompañar y de dar espacio a lo que durante años fue silenciado.

Porque solo cuando comprendemos el dolor que hay detrás de ciertas conductas podemos empezar a construir caminos de recuperación. Y porque, a veces, el primer paso para sanar es entender que la adicción no es el problema, sino la consecuencia de un dolor que aún no ha sido escuchado.

Este artículo ha sido redactado por Yoel Gutiérrez durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.

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