Nunca una generación había estado tan conectada, los jóvenes de la Generación Z, o también denominados centennials (1997-2012), viven entre pantallas, mensajes instantáneos, videollamadas, redes sociales y notificaciones constantes. Gracias a la presencia de todas estas herramientas y facilidades, lo lógico es pensar que están más rodeados y acompañados que nunca, sin embargo, muchas investigaciones y testimonios apuntan a lo contrario, cada vez nos sentimos más solos. ¿Cómo es posible que, en la era digital donde todos estamos conectados en todo momento, tantos jóvenes se sientan tan desconectados?
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La paradoja de estar siempre conectados y sentirse solos
Este fenómeno es conocido como la paradoja de la hiperconexión digital y cada día es más frecuente. Estamos continuamente en contacto, pero cada vez de una forma más superficial y poco duradera. Esto hace que la presencia de vínculos significativos y la calidad de estos pueda verse afectada. Estudios recientes muestran que el uso abusivo de las redes sociales va acompañado muchas veces de sentimientos de soledad y escasez de habilidades sociales. Esto quiere decir que las redes sociales pueden ser un factor causante o una manera de paliar alguna carencia en nosotros.
La posibilidad de estar conectados constantemente no implica, necesariamente, la presencia de conexiones y vínculos significativos. Redes sociales como Instagram, TikTok o Snapchat nos permiten mostrar nuestras vidas (o lo que queremos mostrar de ellas), pero también nos exponen constantemente a comparaciones, críticas, y a una presión por proyectar imágenes positivas o ideales de nosotros mismos. La relación que se establecen con los demás (y con nosotros mismos) se va construyendo entorno a likes, filtros, estadísticas y feedback en general y no tanto entorno a conversaciones profundas o momentos compartidos.
La psicóloga Jean Twenge, conocida por sus investigaciones sobre la influencia de los smartphones en la salud mental, advierte que este exceso de pantalla tiene unas consecuencias emocionales muy relevantes. También el psicólogo social Jonathan Haidt insiste en que las redes no solo deterioran la atención, sino que están alterando los modos de vinculación y pertenencia en una etapa vital clave como la adolescencia.
Ansiedad, estrés y depresión: señales de alarma
Este escenario de hiperestimulación e hiperconectividad afecta de forma notable a la salud mental de los jóvenes. Según datos recientes de la Organización mundial de la salud (OMS), uno de cada siete adolescentes sufre algún tipo de trastorno mental. En España se ha observado un aumento preocupante en la prevalencia de trastornos psicológicos en edades tempranas (adolescencia y juventud).
Se observa una tendencia (según cultura, país y más variables) que muestra que la Generación Z es, en algunos casos, casi el doble de propensa que otras generaciones a sufrir ansiedad o depresión. Alrededor de un 42% confiesa haber sufrido ansiedad clínica y un 39% en el caso de síntomas de depresión. No estamos hablando de una crisis relacionada con las etapas de la vida, sino de un malestar estructural, sostenido y creciente que se instaura en nuestras vidas desde muy jóvenes.
A menudo, estas emociones quedan silenciadas en nuestros perfiles, siendo menos compartidas con una gran diferencia, por esto no es raro que aparezcan crisis de pertenencia o respecto a nuestras competencias. Sobre esto las redes tiene un alto impacto, ya que es una exposición permanente a la comparación y esas sensaciones, repetidas cada día, afectan sobre nuestra autoestima y sobre nuestra capacidad de vincularnos emocionalmente.
Volver al mundo real: habilidades sociales offline
¿Qué podemos hacer ante esta realidad? Una respuesta clave está en reconectar con lo presencial, fomentar espacios donde las relaciones no pasen por filtros, donde el contacto visual, el lenguaje corporal y la empatía puedan volver a surgir.
- Crear espacios de encuentro físico. Desde actividades deportivas hasta talleres, grupos de música o arte, cualquier entorno social que invite y facilite la colaboración cara a cara es un contexto favorable para establecer contactos sociales genuinos, tanto positivos como no tan positivos. Esto también nos puede ayudar a reducir las comparaciones “injustas” ya que podemos conocer más en profundidad a las personas con las que decidimos compararnos.
- Educación emocional desde edades tempranas. Sentir y compartir debe aprenderse y entrenarse, igual que las matemáticas. En el contexto de las redes sociales y la soledad, es importante también comprender que las emociones “negativas” o que nos generan malestar están presentes en la vida y, en redes sociales, son menos frecuentes. Esto puede tener como resultado una visión parcial o distorsionada de las emociones en la sociedad
- Establecer límites saludables con las pantallas: no se trata de eliminar la tecnología, sino de aprender a convivir con ella de una forma sana. Establecer horarios sin móvil, zonas sin pantallas en casa, y momentos para el silencio y la desconexión puede tener efectos muy positivos en el estado de ánimo y el descanso.
- Promover la autenticidad y el error: como hemos mencionado, las redes tienden a mostrar solo lo perfecto. Hay que reivindicar lo real, lo espontáneo, lo imperfecto. Animar a compartir también los fracasos, los días grises y las dudas fortalece el sentido de comunidad y disminuye la presión de ser siempre “felices”.
Hacia una conexión más humana
La Generación Z o Centennials tienen una ventaja adaptativa en la era digital ya que han sido la generación pionera en el uso y consumo de las redes sociales. Pero, por otro lado, son la generación más expuesta a las consecuencias ya que no ha habido tanto estudio o conocimiento en el momento en el que las empezaron a usar. No se trata de criticar su uso de la tecnología, ni la tecnología en sí, sino de acompañarla hacia un uso más saludable y humano. Las redes pueden ser una herramienta poderosa si se utilizan con conciencia, pero no pueden ni deben sustituir el contacto directo, el apoyo mutuo y la sensación de cuidar y ser cuidados.
Tal vez la clave esté en reaprender a estar presentes, a sostener una mirada, a tolerar el silencio y la incomodidad de las primeras conversaciones. Porque al final, lo que más necesitamos y lo que nos produce bienestar emocional no son los likes, sino los vínculos reales.
Este artículo ha sido redactado por Yoel Gutiérrez durante la realización de sus prácticas del Máster de Psicología General Sanitaria.
